Hace poco recibimos una llamada de una madre que quería insonorizar la habitación de su hijo. Se
ve que el chaval, en su intento de aprender a tocar el piano, llevaba ya un tiempo sacando de quicio a los vecinos de su
edificio. La señora, que pensaba que sería suficiente con algo tan simple como
pegar unos cartones de huevos en las paredes, se llevó una desagradable
sorpresa cuando le comentamos que el problema no tenía tan fácil solución.
